domingo, 10 de enero de 2016

Nunca solos.

    


     Siempre imaginé que sería lo suficientemente fuerte para aceptar las pérdidas. Sentía que amar y dejar ir era un acto de completo amor, y siempre pensé que si esa persona ya no estaba, estaría en un lugar mejor y nunca desaparecería completamente de mi corazón y pensamiento. Estos últimos días me han obligado a cerrar y abrir los ojos de manera muy rápida, de pronto, la persona que nunca pensé que se marcharía los primeros días de un año, se ha alejado de mí. Y en silencio sufro con locura su ausencia, ¡yo! Quien lo que más podía valorar era la idea de su libertad. Mi egoísta sentido de verle y tocarle se hace tan presente que me paraliza, ¡usted no sabe cuántas veces yo aposté por la fortaleza cuando otras personas les tocaban estar en mi lugar! Pero este año no hubo guardia y tuve que estar presente dando la cara a esta sensación que me embarga. Sigo teniendo fe, sigo creyendo que su amor fue tan noble y puro que le permitió la paz. Confío con todo mi corazón en su decisión, y como nadie pienso en ella. Como la flor que nunca muere, como la risa humilde más llamativa, con su firmeza en cada uno de sus pasos. A ella la extrañaré, pero prometo amarla de una nueva manera, prometo transformar este dolor en esperanza. Porque mis manos volverán a su cuerpo cuando Dios disponga de nuestro encuentro.


    Se lo he pedido. 
    Yo  volveré a ella. Así sea en un distinto edén, allí nos reencontraremos. Y estaremos todos juntos. “nunca solos”

No hay comentarios:

Publicar un comentario