Siempre imaginé que sería lo suficientemente fuerte para
aceptar las pérdidas. Sentía que amar y dejar ir era un acto de completo amor,
y siempre pensé que si esa persona ya no estaba, estaría en un lugar mejor y
nunca desaparecería completamente de mi corazón y pensamiento. Estos últimos días
me han obligado a cerrar y abrir los ojos de manera muy rápida, de pronto, la
persona que nunca pensé que se marcharía los primeros días de un año, se ha
alejado de mí. Y en silencio sufro con locura su ausencia, ¡yo! Quien lo que
más podía valorar era la idea de su libertad. Mi egoísta sentido de verle y
tocarle se hace tan presente que me paraliza, ¡usted no sabe cuántas veces yo aposté
por la fortaleza cuando otras personas les tocaban estar en mi lugar! Pero este
año no hubo guardia y tuve que estar presente dando la cara a esta sensación
que me embarga. Sigo teniendo fe, sigo creyendo que su amor fue tan noble y
puro que le permitió la paz. Confío con todo mi corazón en su decisión, y como
nadie pienso en ella. Como la flor que nunca muere, como la risa humilde más
llamativa, con su firmeza en cada uno de sus pasos. A ella la extrañaré, pero
prometo amarla de una nueva manera, prometo transformar este dolor en
esperanza. Porque mis manos volverán a su cuerpo cuando Dios disponga de
nuestro encuentro.
Se lo he pedido.
Yo volveré a ella. Así sea
en un distinto edén, allí nos reencontraremos. Y estaremos todos juntos. “nunca
solos”

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